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Estamos en 2017. Llevamos un año intensito de atentados terroristas, especialmente en suelo británico. El tema ha ido como sigue:

  1. Hoy lunes me despierto y, como buen millenial, lo primero que hago es dedicar unos minutos a mirar el móvil. Por inercia entro en Facebook y leo un post de un conocido que vive en Londres: “Estoy bien. Vivo a 5 minutos de donde ha pasado”
  2. Lo primero que pienso es: “¿Que ha pasado el qué?” e inmediatamente se me viene la cabeza: “¿Londres? ¿Otra vez?”. Miro la fecha del post para ver si es algo actual o es un estado reciclado de estos que Facebook recupera cuando alguien comenta en él tiempo después de haber sido publicado. Leo que dice algo de Finsbury Park. No me suena que ningún atentado anterior ocurriera allí.
  3. Acto seguido entro en un periódicos digital esperando ver en portada: “NUEVO ATENTADO EN LONDRES” con letras muy gordas y muy dramáticas. Pero no veo nada. Rebusco y encuentro a mitad de página, como una reseña menor: “La policía confirma que el atropello de Londres es un atentado terrorista”.
  4. Hay algo que no me cuadra. Puede que sea por estar recién despertado, pero hay algo en la forma de articular la noticia que me confunde. ¿Un titular como ese relegado a una esquina del diario, como si fuera un “ah, sí, por cierto, han dicho que al final sí era un terrorista”? No es así como se dan las noticias de este estilo, al menos no de una forma tan poco orwelliana.
  5. Entro a leer la noticia. La ojeo rápido para hacerme una idea de lo que ha pasado y leo: “Un grupo de musulmanes cuando salían de rezar en una mezquita”. Es decir, un tipo con una furgoneta ha arrollado a varios musulmanes en Londres.
  6. Inmediatamente después de asimilar la noticia, han pasado dos cosas totalmente involuntarias pero no por ello menos repugnantes: primero he sentido un cierto alivio; segundo, he entendido por qué la noticia no estaba en portada.

Analicemos:

Primero: alivio. He sentido alivio. Es decir, un tarado ha atropellado a gente a propósito al grito de “Quiero matarlos a todos” y yo he sentido ALIVIO porque los factores estaban alterados: las víctimas no eran de los míos, eran de los otros. Voy a repetirlo esto último para resaltar la repulsiva perversión de ese pensamiento:

Las víctimas no eran de los míos, eran de los otros.

Son todos probablemente británicos, víctimas y verdugo, y yo automáticamente los categorizo como opuestos y me pongo de lado del verdugo, como si los otros se lo merecieran, como si fuera un tipo de justicia legítima con todo lo que ha pasado en los últimos meses. Mi cerebro, aún grogui y con la guardia baja, ha entendido esa información como: “ah, bueno, si eran musulmanes entonces no es para tanto”. ¿Qué BASURA de razonamiento es ese? ¿De dónde sale esa falta de empatía, de revanchismo irracional, de odio? Porque no deja de ser odio: lo puedo intelectualizar como yo quiera, pero por muy progresista y empático que me crea, pensar, PENSAR, y no digo decir en voz alta o articularlo como una opinión, sino el paso anterior, eso que pasa sin darte cuenta, digo simplemente pensar que alguien de alguna manera se merece sufrir un atentado es una manifestación de odio pura y dura, de la misma categoría que los nazis que intentaron reventar el desfile del Orgullo Gay en Murcia el otro día.

Y esto me lleva al segundo punto: que me parezca normal que no esté en portada. Es decir, por muy listo que me crea, por muy evidente que me parezca la manipulación de los medios (que lo es, no nos engañemos), resulta que tengo interiorizados sus códigos como propios y me parece natural que ese titular aparezca en segundo plano mientras que si las víctimas hubieran sido de los míos, lógicamente la noticia habría ido en portada. De repente, ha habido una lógica de por qué esa noticia no era tan noticia. Lo dicho, repugnante.

El resumen de todo esto es que es un día triste. La realidad es que desde hace un tiempo vengo haciendo verdaderos esfuerzos para no ponerme en conflicto conmigo mismo y me gustaría pensar que sólo por le hecho de darme cuenta de todo esto y ser capaz de volcarlo en un escrito estoy contribuyendo a no perpetuar ese tipo de razonamiento, pero la realidad es que ese mecanismo de odio está tan interiorizado que se activa automáticamente tanto si quiero como si no. La razón, el sosiego, la lógica, todas esas cualidades que nos hacen mejores resulta que no crecen naturalmente como las vinagretas en primavera, sino que hay que cultivarlas a diario, abonarlas, podarlas, regarlas, y ni con todo el mimo y la disciplina del mundo tienes garantías de que vayan a prosperar (¿alguien ha intentado cuidar un bonsái alguna vez? Pues eso).

La desoladora conclusión a la que llego es que al final, da igual lo mucho que te formes, que leas, que razones. Da igual: Sísifo nunca conseguirá llevar la roca hasta la cima. Lo único que sí crece espontáneamente si le dejan, eso que todos llevamos dentro nos guste o no, queramos o no, nos parezca bien o no es el germen del odio.

sisifo.jpg

“Sísifo” – Tiziano (1549) © de la imagen: Museo del Prado.

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