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España como tema es un llenapistas, lo sé. O llenabocas, según a quien le preguntes. Hay muchas maneras de afrontar el tema, tantas como bandos de la guerra civil, que parece que eran dos pero en el fondo eran más. A nivel particular, yo tengo un problema con España. Y es un problema de envergadura. Tengo que reconocer que no es nada nuevo, ya he pensado sobre esto en muchas otras ocasiones pero la realidad es que nunca me atrevo a decirlo en voz alta y he tardado mucho tiempo en llegar a entender por qué y, sobre todo, en ponerle nombre.

Pues, a ver. Resulta que España me da vergüenbia.

No, no te molestes en buscar la palabra. No existe. O sea, existe porque yo la siento así, pero no figura en la RAE y Google no arroja resultados en español. Vergüenbia es una palabra que me he inventado y que es una mezcla de Vergüenza y Rabia. Sí, España me da vergüenza y me da rabia.

Maticemos el tema de la vergüenza. Cuando digo España quiero decir la idea de España, los símbolos de españolidad. No me avergüenzo de ser español y no me dan especial vergüenza mis compatriotas, o al menos no más que cualquier otra nacionalidad – por cada motivo de sonrojo por el que se me ocurra admonestar a un español, hay diez guiris desnudos y borrachos liándola parda en cualquier plaza de Madrid o Barcelona.

Entonces, ¿de dónde viene ese pudor? El mejor ejemplo de mi problema lo tengo con la bandera española. Yo veo la rojigualda y siento vergüenza, y no porque me parezca fea si no porque no soporto la idea de parecerme a los que sienten orgullo al verla. Porque en mi mente, y estoy seguro de que en la de muchos, estar orgulloso de ser español es ser un facha. Y esto es un prejuicio como una catedral, pero no puedo sino mirar por encima del hombro a los que proclaman sin tapujos el orgullo de ser españoles. Yo, que me considero un tipo sensato, no puedo evitar sentir que pertenecen a un universo paralelo de opiniones acartonadas, de entendimiento cercenado por el desdén a los que no son como ellos, a los que no ven España como ellos. El monopolio de ser español pasa por aceptar como propia una cierta rigidez mental, una particular forma de estar en el mundo, más derecha, como si arrastrase consigo un campo energético con olor a puro.

Aún a riesgo de repetirme en las descripciones de trazo grueso y totalmente gratuitas como el de la generación langosta del post anterior, me atrevo a hacer otro retrato robot de toda esa gente, también de trazo grueso y también totalmente gratuito porque, recordemos, en este blog escribo lo que me da la gana. Así pues, el ejemplar tipo de esos acaparadores de España tiene forma de hombre* de pelo negro engominado, a veces ondulado y a veces rizado pero nunca lacio, que despeja una frente ancha como Castilla y con un bronceado repartido entre el sol del green y el de la pista de pádel – o el de la obra, en su versión modesta. La barbilla ligeramente levantada, no se sabe si por soberbia o para disimular papada de cervecita y tapita diaria. Ojillos oscuros que anhelan un cierto orden, un como Dios manda, como si desearan inseminar el mundo entero con aquel “¡Que se sienten, coño!”, incluso entre los que ya piensan igual. Por la calle, en soledad, entrecejo fruncido y ademán de urgencia, de “Usted no sabe quien soy yo”, de llegar tarde a hacer gestiones. Al teléfono, en público, carcajada estridente, como hecha de orina para marcar territorio. En manada, un embrutecimiento extra con exudaciones de testosterona caducada. La lengua, no particularmente ágil ni afilada, está especialmente adaptada para hablar de fútbol y con los años es posible que haya ido cogiendo forma y consistencia de escroto de tanto pronunciar la palabra “cojones”, como si de interjección la hubieran ascendido a muletilla.

Ante este panorama, ante este espécimen tipo es donde empieza a supurar la rabia. Se va filtrando poco a poco, como el micelio de un hongo microscópico, pero el goteo es constante y se convierte en un calor tangible en el pecho. Siento rabia hacia esa gente porque su apropiación de lo español no es un fenómeno privado y personal que solo les atañe a ellos. Su inmatriculación eclesiástica de la españolidad implica necesariamente el robo de mi idea de España, mi país, todas esas cosas buenas que tiene este pedazo de tierra y la gente que vive en él, todo eso de lo que quisiera sentirme orgulloso y no puedo porque, repito, decir que estás orgulloso de ser español es poco menos que una manifestación política. Rabia, en definitiva, porque toda esa gente que se viste con la piel de toro empequeñece y asfixia a esa otra gente, esa en la que sí me reconozco, esa que habla idiomas pero también habla un exquisito español, artistas de reputación internacional, españoles que viajan, que enseñan, que curan enfermedades y que no renuncian a su humanidad aún cuando el andamio de la sanidad pública se les está viniendo encima, heterosexuales que celebran que los homosexuales se puedan casar, mujeres feministas que no tienen miedo a decir que lo son y hombres que detestan la palabra “feminazi” y entienden sin discutir que piropear por la calle es una forma de agresión, españoles que piensan y que crean cine, literatura, cómics, música o videojuegos, españoles que viajan, que escriben y comparten poesía, que tienen un sentido del humor brillante, que publican blogs de recetas de torrijas o de lentejas estofadas en lugar de cupcakes o carrot cakes para romper con el anglocentrismo imperante en internet, gente que habla, escribe o canta en una de las lenguas españolas que no es el castellano, gente que rehabilita pueblos abandonados y que cree en proyectos sostenibles, españoles que son los mejores del mundo en su campo o que trabajan por crear un mundo un poco mejor.

Ojalá pudiera pintar a todos esos españoles de rojo y de amarillo y verlos a ellos cada vez que vea nuestra bandera, pero a día de hoy aún me resulta imposible. Sigo viendo a los otros, a los engominados, a los que me generan vergüenbia. No descarto que en realidad todo se reduzca a que soy víctima de mis propios prejuicios, o que la solución sea por abandonar el maniqueísmo y aceptar que España es igual de España tanto en su versión como en la mía, con lo desolador que eso resulta. Pero también pienso que su España ya ha tenido una vida larga y provechosa y que quizá sea el momento de dejar paso a una alternativa.

Supongo que, como tantas otras cosas, será el tiempo el que decida quién tenía razón o si alguien había de tenerla. Yo, mientras tanto seguiré viajando y leyendo para calmar mi vergüenbia.

*Evidentemente, entre los guardianes de la españolidad también hay mujeres, pero más parecen apéndices enlacados, teñidos y emperlados de los primeros, como si hubieran renunciado a tener opinión propia sobre los temas “de hombres”. Ah, la renuncia de las mujeres, ese otro gran tema.

spain

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