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Mi primer instinto con las noticias de actualidad es la suspicacia, no lo puedo evitar. Y con esto que están llamando crisis migratoria, con “inmigrantes” (¿refugiados?) que vienen de Oriente Medio, veo imágenes de gente corriendo campo a través con caras de pánico y pienso que hay algo manipulado en esa versión de los hechos. Que sólo estoy viendo la punta del iceberg. Y abro el grifo del eurocentrismo fariseo y engreído que me hace creer que lo que pasa fuera de mi entorno no me afecta, que bastante tengo con lo que pasa en mi país. Que eso nunca me podría pasar a mí. Que no son como yo, que no insistáis. Que son más oscuros, llevan otra ropa y no les entiendo cuando hablan. Gritan y corren y hacen aspavientos. Vienen de países cuyo aspecto desconozco, no me puedo hacer una imagen mental del paisaje del que proceden. Y decido que los meteré a todos en el mismo saco de escombros y miseria y niños que lloran, porque siempre hay niños llorando. Y madres que les abrazan gritando.

Madres.

Madres que lloran porque a lo mejor les han partido la vida en dos, porque se les ha muerto una parte de ellas mismas cuando a su hijo de 15 años lo han matado a tiros en un pueblo en el que hasta hace 5 años no pasaba nada. Padres que se desgarran el alma a gritos porque su hija de 12 años está desparecida, y si lo que oye es cierto probablemente ya esté muerta tras haber sido violada. Hombres jóvenes que se levantan de su cama un día a toda prisa, cogen lo que pueden cargar con sus manos – una vida reducida a una mochila – y salen de sus casas sin saber si algún día van a poder volver. Caras desencajadas por la perversión más absoluta:  que tu pasaporte, tu identidad, tu número de teléfono móvil, tu perfil de facebook si es que tenías, quién eras en tu mundo y la gente que te quería, ya no importa. Y lo mismo da si te ahogas en las costas de Italia o te asfixias hacinado en una furgoneta con 70 personas más: ya no tienes nombre ni historia, eres una noticia, un titular si tienes suerte, pero sin dar nombres, sólo cifras. Todo anónimo y aséptico porque si tuviera que oir cada historia estaría escuchando durante semanas. A lo mejor es que son gente como tú y y como yo, que siente, que llora, con gente que le quiere y a la que quiere, amigos, risas, cigarrillos al atardecer, comidas preferidas y miedos. Gente cuyo mayor pecado es haber nacido en las coordenadas equivocadas y que cometen la insolencia de querer sobrevivir. Y cuando digo sobrevivir no se me viene a la cabeza trabajar limpiando escaleras durante años para poder comprar un televisor de oferta y sentirse parte de un sistema que le repudia. Hablo de no morir desangrado en un descampado o en el salón de su casa o con una bolsa de tela en la cabeza. Gente que sin haberlo escogido duerme a la intemperie durante días o semanas -apuesto a que de poder elegir, preferirían seguir durmiendo en sus camas y despertarse bajo el techo de sus propias casas-, se levanta sin nada que echarse a la boca y avanza siguiendo caminos de países que no son el suyo y que no les reconocerán nunca como visitantes, llegando a fronteras con alambre de espino y concertinas y fusiles que les apuntan en la cara, como si la palabra bienvenida sólo existiera para los turistas que llegan de visita en aerolíneas de bajo coste.

No debe de existir reflexión más cruel, egoísta y alienante que “eso nunca me podría pasar a mí”, pero la realidad es que hay gente, como tú y como yo, a la que sí que le ha pasado. Puesto en perspectiva, quizá la insolencia, el pecado, la falta imperdonable que nos convierte en opuestos no es que ellos quieran sobrevivir: es que nosotros los veamos como un problema, como un incordio, como una molestia que preferiríamos que estuviera llamando a la puerta de otro.

© Simon Kneebone, 2015

© Simon Kneebone, 2015

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2 pensamientos en “La insolencia de querer sobrevivir

  1. Acabo de descubrir tu blog en twiter y me encanta como escribes. Este es uno de esos casos en que twiter ayuda a conocer a personas como tu. Para mi eres una persona importante aunque no seas conocido. Gracias.Magnifico articulo el ultimo.

    • Muchas gracias por tus palabras Julita. Me alegro mucho de que hayas disfrutado de lo que escribo, y es todo un honor que te tomes el tiempo de comentármelo. Un saludo!

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