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Uno de los discursos más famosos de la Historia comenzaba hablando de un sueño. Martin Luther King lo pronunció presentando ese “sueño” como una posibilidad real, una puerta que debía ser abierta para romper el status quo y derrumbar definitivamente un sistema absurdo y bochornosamente injusto y cruel. Para que ese sueño se hiciera realidad, además, hacía falta una descomunal capacidad de sacrificio y de esfuerzo y, por encima de todo, renunciar a la idea de que fracasar era una opción.

Si uno se pone a pensar en la capacidad de “soñar”, es muy probable que antes o después acabe pensando en un niño, como si ellos tuvieran el privilegio sobrenatural de ser los abanderados absolutos de los sueños. Estoy convencido de que si los niños supieran lo mucho que sobrevaloramos las cosas que a ellos les resultan normales se reirían de nosotros, porque los niños, en realidad, no saben lo que es un sueño. No saben lo que significan las palabras “ilusión o “inocencia”, no por ignorancia sino porque no suelen tener tiempo para ponerse a pensar en ello. Ellos experimentan las cosas, dejan que ocurran, prueban, lloran, ríen, pillan una rabieta y al segundo se lo están pasando en grande. No se paran a pensar en la diferencia entre una vida gris y rutinaria y el mundo lleno de color y posibilidades que existe en su mente: para ellos todo es parte de lo mismo. Sólo cuando los niños dejan de serlo y se hacen adultos, echan la vista atrás y añoran ese estado de realidad aumentada en el que todo lo que se les pasaba por la imaginación se convertía en realidad durante un tiempo (hasta que te llamaban a merendar, o hasta que sonaba el timbre del fin del recreo, o hasta que un señor mayor te regaña por estar subido a un árbol).

Han pasado muchas cosas desde el discurso de Martin Luther King y creo que todos, en mayor o menor medida, hemos dejado de ser niños. Desde que tengo conciencia de adulto, los sueños se nos presentan casi siempre como una frivolidad que se puede comprar con dinero o una simple moneda de cambio: yo te cuento mi sueño y tú me lo interpretas, yo te presento este sueño en un anuncio y tú me compras el producto que publicito, tú te comprometes a trabajar 11 meses al año y a cambio yo te prometo un tiempo para que, si te apetece y te atreves, te acerques un poquito a tus sueños. Yo me pregunto muchas veces cuál es el mecanismo por el cual dejamos de creer que los sueños se pueden hacer realidad, en qué momento exacto el pragmatismo, los prejuicios y la autocensura se alían para tomar las riendas y uno empieza a considerar los sueños como un ente abstracto, etéreo y absolutamente fuera de nuestro alcance. Nunca llego a una conclusión satisfactoria (aunque creo que la adolescencia tiene mucho que ver con ello), pero me surge siempre la misma sospecha: mis sueños no son míos. O lo que es lo mismo: he dejado que me roben los sueños.

El sueño mesiánico de Martin Luther King anhelaba transformar el mundo cambiando a las personas que viven en él. El sueño de un niño cualquiera no anhela cambiar nada porque es absolutamente indivisible de su realidad – ya es perfecto en sí mismo, ¿para qué cambiar?. Yo me encuentro en medio de esos dos extremos, vagando hacia adelante como si viviera atrapado en la antesala de mi propia vida, pensando que todavía falta algo para llegar, por fin, ahora ya sí, a lo que siempre he querido que sea mi vida. Y creo que la clave para avanzar hacia un extremo u otro del espectro, es reconciliarme con mis propios sueños, medirlos, nutrirlos y darles el espacio para que sean.

¿Y cuáles son mis sueños, esos que digo que me han robado? Pues resulta que mis sueños no son, como yo creía, tener o conseguir o llegar a ser o esperar a que me dejen ser. Mis sueños giran en torno a crear. Y ese es el puente entre Martin Luther King y el niño que fui una vez: crear una realidad nueva para mí mismo. Imaginarla, darle forma, escribirla. Sacrificarme, esforzarme y defenderme de mis propios prejuicios, pero a la vez, aceptar con toda naturalidad esa nueva realidad como un sitio al que llegaré si yo decido, no si me lo permite la sociedad, el dinero o mi jefe. Y esa nueva realidad no es un gran castillo hecho de aire: es sonreír más a menudo, acabarme ese libro que me da tanta pereza, apuntar cualquier idea que se me pase por la cabeza, quedar más a menudo con la gente que quiero, recordar las cosas que me hacían ilusión de pequeño, dejar de estar obsesionado por el dinero, preguntarme más a menudo si lo que no me gusta de mi vida realmente tiene que estar ahí, llevarme bien conmigo mismo, imaginar cualquier cosa y escribirla, cambiar de ruta para volver a casa, hacer cosas queme dan miedo, hacer fotos, dibujar… En definitiva: no se trata de creerme que mi mundo sí que podría ser como yo querría que fuera, sino aceptar que ya es así.

Yo ya he decidido que tengo mucho trabajo por delante, ¿y tú?

puente

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