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Estamos en el año 2090 y Jack ha tomado sin darse cuenta una decisión fatídica que pondrá fin a su vida: subir por las escaleras.

Jack no era el único, pero sí el primero que creció entre nosotros. Nadia fue la primera de todos: el primer Neandertal clonado. “Un enorme avance para la ciencia”-decía la propaganda científica-, “la reconciliación definitiva entre Homo sapiens y Homo neanderthalensis“. Nosotros os extinguimos, nosotros os devolvemos a la vida. En el fondo no se trataba más que de un capricho más del ser humano, otra forma de jugar a ser Dios, pero ¿quién puede resistirse a probar un juguete nuevo?

Los primeros intentos de clonar a los Neandertales no vieron la luz. La ciencia reproductiva y la bioingeniería, tan avanzadas como creían estar, no supieron (o no podían, según lo humilde que uno quiera ser) preveer las malformaciones con las que nacieron las dos primeras criaturas., pero es que era imposible saber a ciencia cierta si ese ADN recuperado de unos huesos de Neandertal de 45.000 años de edad estaba realmente intacto o había ido degenerando a largo de los siglos. El tercer intento, Ned, nació aparentemente sano, pero un fallo multiorgánico acabó con él a las 10 semanas de nacer. Cuando se publicaron reportajes sobre Nadia, la primera bebé Neandertal que sobrevivió al parto y que parecía estar sana y simbolizar el triunfo del Homo sapiens sobre la naturaleza, la ciencia ya llevaba ocho intentos fallidos.

La llegada de Nadia planteó un furioso debate sobre la ética de aquel experimento, A pesar de que se habían anticipado numerosas posibilidades, la cuestión más insalvable de todas era también la más evidente: vale, hemos devuelto a la vida una especie que desapareció hace 30.000 años, ¿ahora qué hacemos con ellos?

¿Los metemos en un hospital? ¿En un zoo? ¿En un piso de protección oficial?

La solución no parecía estar clara y, en medio del debate, antes de tomar una decisión, las tres compañías farmacéuticas que habían financiado parte del proyecto ya se encargaron de obtener tejidos y muestras de los recién llegados antes de ponerlos a disposición de la Humanidad (se especuló, además, con que Nadia no fuera hija única, sino parte de gemelas o trillizas, el resto de las cuales creció como animales de laboratorio).

Al final se optó por crear una especie de poblado en un terreno privado en el sur de Finlandia, que desde los años 30 del siglo XXI ya empezaba a contar un clima bastante más moderado. Se trataba de no desvincular a los Neandertales de la naturaleza, de darles la autonomía suficiente como para que pudieran expresar el mayor número de comportamientos instintivos sin interferencias por parte de los seres humanos. Los etólogos del mundo ya se frotaban las manos con los posibles resultados (“¡por fin podremos medir dónde empieza el instinto!”) mientras que los comités de bioética más reticentes a formar parte de este circo lo escrutaban todo con desconfianza.

Al año de nacer Nadia llegó Jim, también fruto de la bioingeniería. Juntos formaron la primera “familia Neandertal” y concibieron a Lewis mientras el mundo entero les observaba. Lewis creció junto a otros tres bebés probeta. Una de ellas, Jane, sería la madre de otros cinco ejemplares, entre ellos el padre de Jack. Jack nació en 2068, cuando ya existían 51 Neanderthales en el mundo y muchos grupos reclamaban darles la oportunidad de integrarse en las sociedades humanas como miembros de pleno derecho.

Los humanos, en todo este tiempo, se habían limitado a ser los “cuidadores” de estos recién llegados, pero un intercambio tan magro con aquellos homínidos inteligentes y sensibles parecía todo un desperdicio. La estrategia parecía sencilla: coger al recién nacido Jack y criarlo en una familia humana.

John y Evelyn Petersen fueron escogidos para la tarea por ser científicos excelentemente cualificados y formados en antropología, psicología, y además, pareja. Todo consistía en criar a Jack como a un hijo y, a la vez, documentarlo dentro de los límites de lo ético y razonable, para lo cual contaron con el precedente de la serie documental de la BBC “Child of our time”, producida a comienzos del siglo XXI.

Jack confirmó muchas de las sospechas con respecto a la capacidad cognitiva de los Homo neanderthalensis, hasta el punto que durante toda su infancia fue prácticamente indistinguible de un niño humano excepto por sus facciones, algo más toscas de lo habitual. Desde el punto de vista experimental, Jack fue un éxito.

Pero Jack empezó a hacerse preguntas durante una adolescencia sorprendentemente prematura, tantas que varios grupos defensores de los derechos humanos pudieron acceder a él y obligar a reconocer su emancipación al cumplir 18 años. Y como un individuo libre, intentó aprender acerca de la vida que llevaban los restantes miembros de su especie en aquel recinto en Finlandia, sólo para descubrir que, lejos de ser ya una institución meramente científica, se permitía el acceso a turistas previo pago de sumas considerables.

Jack y el lobby que le había ayudado con su primera batalla legal se lanzaron de cabeza en pos del desmantelamiento de aquel lugar. El proceso duró 4 años, tiempo inusitadamente corto para una empresa de tanta envergadura gracias al cruel golpe de gracia que arrojó una ex-trabajadora: en al menos dos ocasiones, el centro había accedido a permitir relaciones sexuales con hembras Neandertales por parte de un ciudadano ruso y otro japonés. El montante del precio pagado por ambos hombres por tal “oportunidad” nunca se divulgó y la opinión pública se puso de acuerdo en que prostituir a una Neandertal era tan grotesco como hacerlo con un animal.

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En un mundo envuelto en problemas geopolíticos nunca antes vistos por la Humanidad, la situación de los Neandertales parecía un incordio de difícil solución. Una vez se garantizara el estatus de aquellos homínidos como parte de la Humanidad (con la consecuente obligación de las empresas responsables de todo el proyecto de renunciar a unos derechos de “explotación” difícilmente justificables), dejarlos a su suerte parecía la única opción viable a corto plazo.

Turku fue la ciudad escogida para albergar temporalmente a aquella suerte de manada, mientras se resolvía su condición de ciudadanos finlandeses como paso previo a su libertad.

Y es en ese punto de la historia en el que Jack decide subir por las escaleras. Sólo son cinco plantas hasta el despacho del editor jefe de Banner Books LTD, en Londres. Jack tiene 22 años pero parece mucho más mayor. Es más corpulento que cualquiera de los hombres que le acompañan a la reunión previa a la publicación de un libro contando su historia. Hace un año que se sometió a un chequeo médico, y los resultados no fueron buenos. Mientras se suceden los tramos de escaleras, la sensación de falta de aire le resulta vigorizante, como un recordatorio. Una señal de que los Neandertales no evolucionaron para ser obesos.

Es en la misma planta 5ª cuando el corazón de Jack revienta, atascado de sustancias que su metabolismo primitivo era incapaz de procesar. Y con Jack, se rompe el juguete más cruel de la Humanidad, y la suerte de medio centenar de hombres y mujeres que nunca debieron haber existido se quiebra en mil pedazos. A la mitad se los llevará la gripe a lo largo de un lustro. A una docena, un golpe de calor. El resto sucumbirá a diferentes enfermedades directamente relacionadas con la incapacidad de adaptarse al mundo de los humanos, entre ellas enfermedades venéreas. Sólo uno morirá de viejo a los 48 años, como una especie de refugiado político.

Y como si de una perversa tragedia griega se tratara, sólo la muerte dará paz por fin a unos hombres y mujeres con la misma capacidad para sentir, amar y temer que nosotros, a una especie que ya sucumbió anteriormente a la tiranía del Homo sapiens y que volvió a nacer por obligación para sufrir la peor de las condenas: la de vivir una vida que no habían pedido en un mundo que ya no era el suyo.

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