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Ahora que nos acercamos a ese momento en el que uno echa la vista atrás y hace balances y demás paridas para intentar no culparse demasiado por no llevar la vida que quiere, me apetece recuperar un texto que escribí hace años (bastantes), más que nada porque en este blog hago lo que me da la real gana. Es, supongo, mi pequeño balance: saber que aunque algunas cosas siguen siendo las mismas, otras han cambiado tanto que al encontrártelas de nuevo no las reconoces como tuyas.

Un pedazo de verdad

Hacía frío ayer cuando volvía a casa. Debían de ser las 7 de la tarde. Era lo suficientemente temprano como para que las tiendas siguieran abiertas. Hacía mucho que no paseaba por mi barrio a esa hora. Me llamó la atención verlo distinto que es todo cuando hay gente, incluso la calle por la que paso a diario, aunque no los conozcas de nada. Normalmente uno cree que la gente le sobra, o simplemente no le hace falta porque nos ignoramos mutuamente. No hay más que ver cómo va la gente en el metro, sobre todo cuando va muy lleno. Puedes estar lo suficientemente cerca de una persona como para sentir su respiración y aún así haces todo lo posible por hacer como que no está ahí. Ésa es la hipocresía de los urbanitas, supongo. El número de habitantes por kilómetro cuadrado es directamente proporcional al esfuerzo que ponemos en obviar la existencia de los demás. Yo no digo que sea distinto, no me considero sociable. Hace poco se me acercó un señor en el metro y me preguntó si le podía leer lo que ponía en un frasco pequeñito de cristal. Yo me saqué los auriculares y vi que lo que sostenía en la mano era una muestra de perfume caro. El señor iba borracho. Se lo leí en voz alta y se lo repetí tres veces mirándole a los ojos, recordándome a mi mismo que aquel hombre, por muy borracho y desconocido que fuera, seguía siendo mejor que una papelera o que una ventana del metro. Él me agradeció el gesto rociándome el dorso de la mano con el perfume. Y yo no pude evitar sentir que el mero hecho de mirarle a los ojos fue un gesto altruista por mi parte en lugar de un componente más del hecho comunicativo, como si le estuviera haciendo un favor. Y en lugar de darle las gracias, me volví a poner los auriculares. ¿Soy un maleducado? ¿Quién es más antisocial, aquel señor por ir borracho en el metro o yo por ser políticamente correcto? Da lo mismo, ¿sabes por qué? Porque aunque yo me haga estas preguntas, en el metro seguiré mirando al vacío, con los auriculares puestos y obviando la existencia de todos los demás pasajeros, por muy cerca de mí que estén. La hipocresía de los urbanitas, supongo.

¡Feliz año!

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