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Hoy me meto en un jardín para el que sólo tengo preguntas y ninguna respuesta. Si esto lo leyera alguien, me gustaría que sirviera para abrir un debate como los pitotes que monta Cristina Fallarás en El Mundo, pero como yo soy más humilde, me hago las preguntas yo solo y Santas Pascuas.

Oliver, te propongo un ejercicio:

-Intenta juntar los recuerdos que tienes de tus primeros años de colegio. Insisto, sólo los que estén relacionados con la escuela. Hasta antes de la adolescencia, más o menos.

-Ahora piensa en ese niño que eras cuando ibas al colegio e imagínate que esta personita que ya no existe lo sabe todo sobre ti y sobre la persona que serás en un futuro.

¿Tú crees que little Oliver llevaría a big Oliver al colegio?

Te dejo un minuto de silencio para que lo rumies.

—(contar 60 Mississipis)—

lapiz

Mis recuerdos de los primeros años de colegio no son para nada agradables. De hecho son bastante solitarios y algo crueles. Yo, que no tengo ni idea de pedagogía pero me acerco a una edad en la que me planteo cómo sería eso de ser padre, pienso si quiero llevar a mi hijo al colegio y me sorprendo contestando con un rotundo no.

Yo no tengo intención de entrar en la idoneidad del sistema educativo, que a mí me viene grande, pero me centro en mi propia experiencia y me pregunto si la educación pública que recibí no les salió más cara a mis padres por las carencias que tenía que por lo que recibí de ella. Y todo en un momento en que la educación pública en España aún no había empezado a temblar con reformas quinquenales. Y a un nivel un poco más personal, me pregunto si muchas de las inseguridades o complejos que he ido afrontando en mi edad adulta no se forjaron en los primeros añitos de colegio de little Oliver.

Los niños se tienen que relacionar con otros niños, es cierto. Hay habilidades sociales que sólo aprendes jugando y correteando con otros niños (y diría que hasta peleando). Pero, ¿cuán importante es que aprendan juntos a leer y a escribir en un sistema que no sólo no está preparado para apoyar al que aprende más despacio, sino que además muy probablemente acabe fomentando que ese niño se convierta en el tonto de la clase?

¿Y por qué la alternativa tiene que ser que mande a mi hijo a un colegio privado cuando la educación pública ya la estamos pagando todos?

¿Es realista pensar en educar a tu hijo en casa? ¿Es una forma de sobreprotección que durante unas horas al día (probablemente menos de las que se pasaría en el colegio) un niño aprenda en un ambiente más familiar y luego se desenvuelva con otros niños en clases de deporte, ajedrez o flauta travesera? ¿Los posibles traumas que le evitaría al no enviarlo al colegio serían los mismos que luego sufriría cuando en la clase de baloncesto sus compañeros le reciban como “el rarito que no va al colegio”?

Y dejando de lado la idea del homeschooling, ¿por qué es tan descabellado pensar en tener la opción de influir en los contenidos de la escuela para poner a disposición de mi hijo algunas de las habilidades que luego yo he necesitado buscar en la edad adulta, aunque se me rían en la cara los pedagogos?

Y por encima de todo, y esto es lo que más escalofríos me produce: ¿de verdad quiero que alguien como Wert decida cómo tiene que ser educado mi hijo?

Lo que decía, muchas preguntas y muy pocas respuestas, y al final lo que me queda es la sospecha de que, como tantos otros, little Oliver II se tendrá que conformar con lo que la vida nos ponga por delante a los dos.

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