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Hoy he llegado a la conclusión de que vivo en un país con mucha información y al que, no obstante, le siguen faltando argumentos. Así, en general.

A veces envidio a los aficionados a los toros. A mí los toros no me gustan, pero cada vez que tropiezo con una crítica taurina, me siento mejor persona por intentar descifrarla. Es como leer un códice en clave y no precisamente porque escriban mal – probad a leer una y sabréis de qué hablo. No digo que los taurinos sean el paradigma de la ilustración (no los conozo) pero algo me dice que para hacer crítica en ese mundo no vale con tener un léxico normalito y despuntar sacando conclusiones mientras refríes teletipos para llegar al cierre. No, hace falta excelencia para hacerlo: hay que dominar en profundidad del tema y demostrar maestría en el uso del léxico técnico, que es mucho.

Yo ese nivel de exigencia no lo veo en ningún otro ámbito del periodismo. Que me llamen rancio por poner a la tauromaquia de ejemplo de algo, pero ¿cuántas veces un periódico te hace ir al diccionario? A mí más bien pocas, y considero que soy de los del léxico normalito. ¿Y cuándo fue la última vez que leyendo un reportaje, a mitad de camino te paraste a pensar en lo bien documentado e hilvanado que estaba? Yo, hace meses y fue con un dominical de The Guardian que me cayó en las manos por casualidad. Y leo prensa española todos los domingos.

Entre la Europa del Norte y la del Sur hay un abismo, y siempre he pensado que parte del motivo es que en el mundo sajón hay más tradición de clase media que en el resto. No tengo ni la más remota idea de por qué esto es así, pero lo que sí sé es que la clase media piensa porque le va más dinero en ello. Una de las cosas que más me llaman la atención de mis amigos británicos, por ejemplo, es que tienen opiniones para todo. Todos responden a un perfil demográfico más o menos similar puesto que nuestros caminos se encontraron en la universidad, pero lo que me llama siempre la atención es que no son opiniones infundadas: podrán tener razón o no, pero todos tienen datos para apoyarlas y argumentos elaborados para defenderlas. Y esto debe de ser el resultado de un conjunto de factores, pero sospecho que juega un papel importante la presión, muy probablemente social, de que si tienes una opinión deberías ser capaz de defenderla sin tener que gritar. Yo en 2005 escuchaba a muchos de estos amigos quejándose de Tony Blair por haber quebrantado el tratado de Ginebra. Aquí a Aznar lo llamaban “payaso” por hacerse la foto en las Azores y hablar con acento raro. Ésa la diferencia entre ser crítico y criticar, y para mí es una de las manifestaciones de ese abismo entre las dos Europas. No obstante, la pregunta para mí sigue siendo: ¿por qué allí The Guardian te hace pensar y aquí El País no?

Mucha parte de la culpa puede que la tengamos nosotros. En la historia de este país hay una constante que se repite varias veces cada siglo: la batalla de una parte de España con su propio atraso. Políticamente, los siglos XIX y XX no fueron buenos para España, pero aún así de aquí salieron escritores, artistas, creadores y filósofos brillantes, algunos de ellos no tan lejanos en el tiempo; y ya entonces la denuncia de esta gente (se me ocurre Ortega y Gasset) siempre era la misma: hay que cambiar España, hay que culturizarla, ilustrarla, despertarla. ¿Igual es que se trata de una batalla que no se puede ganar?

Según Guillem Martínez, en un muy recomendable reportaje de ElConfidencial.com firmado por Hector G. Barnés “en España tenemos el mismo mercado editorial que en Dinamarca, con unas tiradas de unos 5.000 libros o 10.000 si son best sellers. Con la diferencia que nosotros somos unos 47 millones de habitantes, y Dinamarca tiene unos cinco […]”. Las ventas de libros no tienen necesariamente que ver con el periodismo, pero datos como este ilustran la desidia de un pueblo que no está acostumbrado pensar: los 5.000 lectores de hoy “son los mismos que leían a Ortega y Gasset hace casi un siglo”.

De esta falta de conciencia crítica también se podría culpar al nivel del periodismo, en plena caída libre intelectual desde que alguien en Telecinco inventara la figura del “tertuliano”, pero salvo honrosas excepciones, muchas de las cuales son periodistas relativamente jóvenes que escriben en prensa digital (pienso en Tom C. Avendaño, Delia Rodríguez y Mikel López Iturriaga, que curiosamente todos llevan un blog, probablemente hablen inglés y están muy al día de las redes sociales) y con la que le está cayendo al gremio, lo cierto es que no está para recibir muchas más hostias. A pesar de todo, tengo la sensación de que desde que existen las ediciones digitales de los periódicos el nivel de auto-exigencia ha llegado a punto en el que todos vivimos cada vez mejor informados con noticias cada vez peor redactadas.

También se podría apuntar a los que se dedican profesionalmente a hacer crítica y, en particular, crítica cultural por parecerme la que más impacto tiene en la vida cotidiana de una persona. A mí si me gusta la crítica de una película, es probable que la vaya a ver al cine. Muchas de las críticas las leo en medio extranjeros porque, en mi modesta opinión, el grueso de la crítica cinematográfica de este país se reduce a hombres de mediana edad con bastante paciencia como para ver muchas películas y suficiente mala leche como para criticarlas como si no las hubieran visto. De la crítica teatral no hablo porque apenas existe en los medios generalistas, y con las cifras de espectadores cayendo en picado, es lo más parecido que tenemos hoy en día a un muerto viviente.

Al final supongo que todo se reduce a la ley de la oferta y la demanda, y aunque me niego a pensar que este país no tiene remedio, lo cierto es que en la televisión (el medio más democrático del mundo, decían. Menuda cara se les debió quedar cuando les pusieron wifi en casa), los programas más rentables, los que más audiencia tienen y, por ende, de los que luego acaba hablando todo el mundo, son esos que no hace falta que yo mencione. Juan Pablo Fusi concluye la “Historia mínima de España” (Ed. Turner) diciendo que “la historia futura de […] España será, por definición, imprevisible, a menudo inquietante y siempre problemática.” A mí me gustaría pensar que algún día España se reconciliará consigo misma a cambio de doblegar definitivamente a uno de los dos bandos (y espero que el vencedor sea el de los que leían a Ortega y escriben críticas taurinas), pero mientras tanto imagino que los que no tenemos tele tendremos que seguir confiando en twitter para hacernos una idea un poco más amplia del mundo.

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