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Todo empieza con un beso húmedo, como de plastilina mojada. “Qué beso más largo”, piensa Lily.

Lily tiene un cuerpo bonito, aunque lo que trae de calle a lo hombres es su cara. Sus ojos y su sonrisa combinan tan bien juntos que su abuela la llama “yintoni”, sin pronunciar la c del final porque es andaluza y aunque sabe hablar fino, como dicen en su pueblo, no le da la gana esforzarse. Tiene dos hermanas pequeñas que son un primor, cuando vuelven del colegio montan tal alboroto que uno tiene que dejar lo que esté haciendo para prestarles atención, aunque lo hace de buena gana porque es imposible no reírse con ellas. Su madre, que trabaja 10 horas al día, tiene un pelo negro precioso y es también muy bella, aunque de una manera distinta a la de Lily, como si fueran dos versiones de una misma canción: una acústica y la otra un clásico del rock. Son todas una familia de mujeres porque el padre de Lily se marchó a por tabaco y no volvió, lo típico de una familia de clase modestita agobiada por las deudas y con dos gemelas en camino, porque el buen hombre no pudo escoger peor momento para salir por piernas. La abuela de Lily siempre pensó de él que era un vago y un inútil, pero nunca hasta entonces había tenido una constatación tan manifiesta.

El beso sigue y las manos salen del banquillo al terreno de juego de su espalda. El hombre del traje la toca como si sus manos fueran dos bayetas y ella estuviera hecha de agua.

El beso se para, por fin, y Lily respira. “¿Me quito la ropa?”. El hombre no contesta.

Lily estudia y se lo toma en serio porque con las tasas como están, por las nubes, no está la cosa como para ir tirando el dinero. Un día le dio por hacer cuentas y le salía que cada hora de clase le costaba 18,53€, así que ni se le pasa por la cabeza faltar a la Universidad. Con ese dinero se pueden hacer muchas cosas, y si no que se lo den a su abuela, que menuda es rascando céntimos para cuadrar las cuentas. El caso es que con el poco tiempo que le dejan las clases y los trabajos de clase y las presentaciones de clase, y con echar una mano en casa, el único tiempo libre que le queda es por las noches, y ya me dirás tú que trabajo va a encontrar con ese horario y que no sean muchas horas

Y un día Lily se apunta a una oferta de azafata de congresos y las tres primeras veces le va bien. La paga no es ninguna maravilla, pero conoces gente y, qué narices, que le sube la autoestima ver cómo la miran todos esos hombres. Un día uno de esos hombres le pregunta que cuándo acaba, que tiene una cara preciosa, que si le puede invitar a una copa en el bar del hotel. Y ella al principio se lo piensa, pero como es dentro del hotel le da seguridad y le dice que sí. Pero no sólo le dice que sí a la primera copa y luego a la segunda, también le dice que sí a un café en casa de él otro día porque tiene una oferta de trabajo para ella.

“¿Quieres que baile? ¿Que te toque?”. Lily quiere acabar cuanto antes, y piensa que dando ideas al tipo le entrará la urgencia y acabará antes.

Lily hojea el archivador con fotos de chicas, entre ellas dos compañeras de la agencia de congresos, y le da vueltas a lo que le dice él. Que si es dinero fácil, que no siempre hay que hacer cosas, que se acuerda primero con el cliente, pero que cuanto más lejos estés dispuesta a llegar más dinero cobras. Que casi nunca es más de una hora o dos. Que es en hoteles, que está todo limpio. Que son clientes de pasta, que alguno hay al que le gustan cosas raras pero en general son hombres mayores que no aguantan mucho rato. Y Lily piensa en su madre, en lo mucho que la quiere y las pocas ganas que tiene de acabar como ella y dice que sí un frío día de febrero.

El hombre sigue sin contestar. Sólo la mira fijamente, de arriba abajo. Y sin avisar, como un impulso irrefrenable, le da un puñetazo en la cara con sus feas manos de viejo.

Lo siguiente que se sabe de Lily hay que leerlo en los periódicos del día después: una prostituta fallece arrojada por la ventana de un hotel. Al principio la policía piensa que se trata de violencia doméstica, pero Lily no tenía pareja porque no tenía tiempo para un novio. Al parecer un cliente se puso violento y acabó perdiendo el control. Y Lily, nuestra Lily, una cría de barrio con la mala suerte de ser más bonita de lo normal, queda reducida al cadáver de una prostituta, para que veas lo que son las cosas. Del bolso de la prostituta, además del teléfono, una alarma electrónica que no le sirvió de nada y la cartera, recuperaron una preciosa libreta estampada con una foto de unas ramas de almendro en flor en la que Lily iba apuntando el dinero que iba juntando. Porque se ve que en el pueblo de su abuela hay muchos almendros, y al llegar febrero ella siempre habla de ellos y de lo mucho que los echa de menos estando en la ciudad por ser las primeras flores del año.

Un árbol feo, decía, que se viste de gala el primero para que no le hagan sombra los demás.

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