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Yo soy de LA generación para la que estaban pensadas las redes sociales cuando dieron sus primeros pasos, LA generación que cree un derecho y casi un deber publicar cada 15 minutos cómo se siente (imagínate a tu padre haciendo lo mismo… ¡ja!), LA generación, en definitiva, que ha convertido la reivindicación personal en algo tan cotidiano que parece una frivolidad más como las fotos de gatos o los e-mails en cadena. Y uno esperaría que, siendo de ESA generación en la que el “yo opino”, el “yo siento” o el “yo quiero” (en definitiva, el “yo yo yo YO”) está tan normalizado, como mínimo todos deberíamos ser unos portentos de la introspección, del auto-conocimiento y de la madurez emocional.

Qué va: somos todos unos cretinos emocionales.

IMG_3030 copiaYo crecí con la noción implantada de que existe una media naranja para cada uno de nosotros. Como eres crío y aún tienes tiempo por delante,  no te preocupas mucho por ello. Van pasando los años y aunque no consideres que te estés descolgando de la carrera, sigues pisando trampas sin sacar mucho en claro, excepto que cada vez te fías menos de eso que llaman “amor”. Al mismo tiempo, vas conociendo diferentes versiones de la historia de la “media naranja” que la denostan, la ridiculizan o la impugnan, y tú no puedes evitar pensar que todas esas críticas vienen de hombres y mujeres profundamente amargados por la soltería, que tú no serás como ellos, que tu alma gemela sigue esperando.

Y entre relación y relación vas haciendo los roces de lo que yo creo que es tu “yo sentimental”, una proyección de toda la basura, todos los tópicos y lugares comunes que has ido acumulando en la cabeza a lo largo de los años.
“Lo imprescindible en la pareja es la comunicación”, oíste una vez en un consultorio radiofónico.
“¿En qué piensas? Cuéntamelo”, le preguntaba una chica a su insomne pareja mientras yacían en la cama a oscuras en una serie de televisión.
“¿A los tres meses es pronto para decir te quiero?”, viste cómo debatía un grupo de amigas en una chick flick.

Ese “yo sentimental” va por la vida descontrolado, probando cosas para ver qué pasa después, buscando conflictos dentro de sí mismo para reconocerse en ese estereotipo de joven adulto atormentado por sus carencias emocionales. Y va y dice cosas como “te quiero” a los tres días de conocer a alguien, sólo por el placer de oírse a sí mismo decir algo tantas veces visto en series y películas (habría que ver cuántas veces luego le dice a su madre que la quiere). Y en torno a ese “yo sentimental”, flotando como un banco de medusas, todo son consejos, sentencias, recomendaciones, ejemplos, debates, incluso prohibiciones (“Las 10 cosas que nunca deberías decir en la primera cita”, leíste en una revista para adolescentes). Todo son palabras, dichas a la cara o por mensaje de texto o en una tarjetas para celebrar una fecha tan sintética como San Valentín, pero palabras al fin y al cabo, y lo que nadie se acuerda de recordarnos a todos es el incalculable valor del silencio.

Tenemos tanto ruido alrededor y tenemos tanta prisa por articular lo que nos pasa por dentro que pasamos por alto la cuestión más fundamental de todas cuando estás con alguien: ESTAR. Yo, para poder estar con mi pareja, tengo que salir de mi cabeza, y hasta que no tomé la determinación de mandar a tomar viento todo ese enjambre de palabras no empecé a sentir que estaba en una relación. No digo que yo tenga la clave de nada, más bien la contrario: es gracias a que no tengo la clave de nada que puedo disfrutar de ESTAR.

Así pues, si yo tuviera un consultorio romántico (lo que me podría divertir con eso), creo que el consejo más valioso que le daría a alguien inquieto por la 1ª cita sería: cállate. Tendrás muchas horas para hablar y decir lo que sientes y lo bonito que es todo, pero si eres capaz de estar en silencio con una persona y sentirte a gusto, entonces plantéate una 2ª cita.

Ah, y sobre todo, ni se os ocurra añadiros a Facebook.

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