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“Ojalá te mueras, maricón.”

Si te llega una nota así, lo normal es inquietarse. Pero Abel no, ya no. Él arruga el trozo de papel de libreta y lo tira a la papelera, como los ocho anteriores. Abel es alumno de secundaria en un instituto de Madrid y esto de recibir amenazas por escrito de sus compañeros hace un tiempo que dejó de ser una novedad. Total, si lo más a lo que se han atrevido es a empujarle en el pasillo o tirarle el bocadillo a una taza de váter, por muy delincuentes potenciales que sean no dejan de ser chavales con demasiada testosterna. Cosas de críos, le ha llegado a oír decir a uno de sus tutores, quitándole hierro al tema en una reunión con los padres de Abel.

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El caso es que Abel, que no deja de ser un niño por mucho que le estén obligando a crecer a hostias e insultos, se ha planteado hacerse daño. De hecho, se ha planteado quitarse la vida en la bañera de su casa. Si no me equivoco, para cuando tú termines de leer esto, él estará con lágrimas en los ojos y una torpe carta de despedida manchada de sangre que grita como si tuviera voz propia que a ese niño lo que le faltó no fue coraje: fue ayuda.

Abel no existe, sólo en mi cabeza y, aunque no me hace falta echarle demasiada imaginación para suponer que como Abel hay más de un chaval que, ahora mismo, siente que su vida no vale nada y que quizá sería mejor acabarla, soy incapaz de recurrir a cualquiera de los casos reales que, por desgracia, no paran de gotear en las noticias a razón de uno o dos al mes. Y no me atrevo porque sólo de pensarlo, a mí, que a veces parezco hecho de piedra, se me parte el alma y se me humedecen los ojos sólo de pensar en ese punto de no retorno en el que un niño decide que ya no tiene fuerzas para seguir viviendo, porque es trágico e innecesario que alguien tan joven tenga que navegar por aguas así y porque a veces pienso que ese maricón podría haber sido yo.

Algo me dice que los suicidios que ahora salen en prensa siempre han existido aunque no siempre hayan sido visibles, lo que me lleva a pensar que el mundo cambia o muy despacio o nada en absoluto, y poco de lo que yo escriba aquí va a servir para nada, pero como escribir a mí me sale gratis, si pongo a funcionar mi imaginación de nuevo se me ocurre que aún podría decirles cuatro cosas a los ficticios padres del verdugo de Abel:

Estimado/a,

No tengo la más mínima duda de que la culpa es tuya. Debería darte vergüenza llamarte a ti mismo “padre” o “madre” si ignoras por completo que tu hijo es capaz de humillar de forma tan cruel a otra persona. A este cafre, que es capaz de algo tan mezquino, lo tienes en casa durmiendo bajo tu techo y comiendo en tu mesa, así que algo debes de estar haciendo muy mal (MUY MAL) para no tener ni la más remota idea del pelaje que estás criando.Tener un hijo no supone cubrirle las necesidades económicas y listo, cosa que a ti sospecho que te vendría de perlas porque hay días que no tienes paciencia para aguantar los estados de humor de tu hijo/a adolescente (notición: te toca joderte y tender puentes con él o ella, porque te recuerdo que tú estabas en el mundo antes que ellos. Hazte cargo). Tú eres el responsable de que este proyecto de adulto, a medio camino, decida que humillar a alguien es más gratificante que apoyarle. Esa decisión no es espontánea y tu incompetencia o tu permisividad (¿no son lo mismo?) tienen mucho que ver en ella. E insisto: me da lo mismo lo duro que sea tu trabajo, lo cansado que llegues a casa o lo difícil que te resulte hablar con tus propios hijos para saber que son unos cerdos sádicos. No hay excusa en el mundo que te sirva, hazme caso, porque no es una cuestión de que el gorila que tuviste a bien traer a este mundo muestre dotes de un liderazgo exacerbado, o que la culpa sea del maricón, por provocarle. La cuestión absolutamente infranqueable es que un niño de 14 años se ha quitado la vida por culpa de tu hijo/a y a pesar de que tú preferirás hacer como que la cosa no va contigo, nada de lo que intentes hacer o cambiar a partir de ahora lo va a traer de vuelta.

La ayuda que Abel necesitaba no era que obligaras a tu pequeño delincuente a pedirle perdón. Eso era fácil. Lo que se esperaba de ti era que estuvieras a la altura, porque esa paternidad que te tocó gratis no te exime de nada: al contrario, te exige más que nunca (sí, más que cuando tu hijo iba en pañales y no se iba de casa dando un portazo), te obliga a que te olvides de ti mismo y pongas toda tu paciencia, dinero y energía en esa persona que hace cosas horribles porque, aunque sea incapaz de reconocerlo o no sepa articularlo con palabras, necesita tu atención y tu cariño más que nada en este mundo.

A tu hijo/a, por último, no me queda nada que decirle. Suficiente castigo es tener que vivir con la muerte de otra persona el resto de su puta vida.

Atentamente,

O. S.

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2 pensamientos en “A los padres de Caín

  1. Hola Oliver. Tienes razón, el acoso y el Abel que se quita la vida han existido desde hace mucho, muchísimo tiempo ante la cruel indiferencia de los demás, total, como diría alguien después de la muerte del adolescente Jamey Rodemeyer: “Un maricón menos”. Largo es aun el camino para crear consciencia. Gracias por compartir. Luis

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