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Oliver SulbanYo a veces me alegro de no haber nacido en los años 40-50 para no tener que formar parte de la generación de hombres que gobierna el mundo ahora mismo. Los hombres (porque el 99% son hombres) que manejan el cotarro son codiciosos, machistas, emocionalmente ineptos y, en el caso de los que gobiernan mi país, profundamente ignorantes. No los conozco a todos, pero algo me dice que no me hace falta para meterlos en el mismo saco – un saco que, por cierto, ataría a un ladrillo y tiraría al mar.

Las mujeres no sois perfectas, y muchas cometéis el gravísimo error de ser aún mas machistas que los hombres. Sí, sí, reconocedlo: cuántas veces os juzgáis las unas a las otras por la manera en que os relacionáis con los hombres (la palabra “fresca” me viene a la mente – a vosotras seguro que una que empieza por “p”, pero es que soy muy fino). Pero si hay algo que tenéis que los hombres no tengamos es una mayor capacidad de sacrificio, de sufrimiento y, particularmente, de renuncia. Y esto, que reconozco que suena a cliché rancio no lo digo como elogio, es que es así. Igual tiene que ver con el instinto maternal, aunque sospecho que independientemente de si le hacéis caso al famoso reloj biológico o no, todas lo traéis de serie. Y esto os da una ventaja competitiva de la que los hombres no deberíamos tener miedo, sino todo lo contrario: deberíamos dejaros a vosotras tomar las decisiones. Eh, chicos, de verdad, hacedme caso. No digo que renunciemos a nuestro orgullo, pero seamos honestos: por cada vez que alguien llama “vaga” a una mujer, hay diez hombres echándose la siesta. Y quien dice echándose la siesta, dice “yendo a comidas de empresa” en las que no sólo no trabajas sino que te pones como un cerdo, mermando tu capacidad para trabajar el resto del día por mucho licor de hierbas digestivo que te tomes al final; “viajando por trabajo” con el correspondiente cargo a la empresa en tiempo y dinero por algo que podías hacer por e-mail o Skype; “trabajando hasta tarde” porque te has tomado tres descansos para el café durante tu jornada laboral, “haciendo gestiones” que implican estirar el tiempo que pasas en el coche para volver a la oficina, qué casualidad, a la hora de comer. Porque yo os pregunto, compañeros hombres: a vosotros quién os cuestiona si queréis ser ingenieros, astronautas o vivir de un subsidio de la Junta de Andalucía (un poner). A nosotros los hombres nos crían para no tener que renunciar a nada, para desarrollarnos profesionalmente a no ser que un padre autoritario nos obligue a estudiar una carrera determinada (qué tragedia, chico, que te obliguen a ir a la universidad). A las mujeres se las cría para que se crean que pueden ser lo que quieran mientras les llega el momento de ser esposa o madre. Porque si un hombre es padre y decide renunciar a su carrera mientras su esposa continúa con si vida profesional, eso es una cosa que hay que hablar y consensuar, eso es una decisión que hay que tomar entre los dos. Si no hay inclinaciones paternales por parte del macho, el resultado por defecto es que la que deja el trabajo es mamá. ¿Es así o no? Pues yo aquí quiero romper una lanza a favor de las mujeres. Y antes de cerrar el saco en el que os he metido a todos y atarle el ladrillo, os escupo desde arriba porque sí, porque me creo mejor sólo por haber nacido en los 80, y punto en boca hombre ya: dejad de suponerles un rol, dejad de confiar en que ellas van a ser las primeras en renunciar a hacerse cargo de sus propias vidas. Tampoco sintáis lástima por ellas e intentéis salvarlas. Simplemente dejadlas en paz, tratadlas como un igual y escuchad lo que tengan que decir, proponedlas como jefas o como socias. Y enfadaos con ellas si queréis, pero hacedlo por las mismas razones por las que os indignaríais con un compañero hombre. Ah, y sobre todo, hacedme el favor: dejad de llamarlas putas cada dos por tres, que otro gallo hubiera cantado si las putas de este mundo hubiesen tenido el valor de ser más zorras.

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